Las manos, los dedos de los pies, las piernas…simplemente todo estaba congelado. Los voluntarios con dificultad lograban articular sus opiniones en medio del frío reinante. Cualquiera no habría dudado en estar hace horas guarecido dentro de su saco de dormir, intentando conciliar el sueño al abrigo del gélido ambiente. Pero éste no era el caso. La “escuela” -como llamamos a los grupos de voluntarios que se hacen cargo de un proyecto de construcción- no tenía el menor interés por acostarse. Tampoco parecían tener frío, pues estaban inmersos en una acalorada discusión: cómo repartir mejor la torta en un país donde la desigualdad de oportunidades, de ingresos, de sueños, es la regla.
La urgencia de los trabajos que ejecutó Un Techo para Chile durante los primeros meses después del terremoto significó transar en varias cosas: entre ellas las actividades de formación. Simplemente no había tiempo para hacerlas; las mediaguas se terminaban de armar muchas veces en torno a la medianoche, y ya no había fuerzas para sentarse, reflexionar y discutir. Sin embargo, las más de doce horas de trabajo ininterrumpido eran una inyección formativa suficiente para esas circunstancias. En estos Trabajos de Invierno la situación era distinta, y las actividades de formación encontraron nuevamente su lugar.
Un alumno de un colegio inglés del sector oriente de Santiago, se preguntaba -realmente afligido- cómo hacerlo para ser testimonio, con su vida, de una sociedad que no reprodujese las lógicas de desigualdad que constantemente veía en su vida cotidiana, y de las cuales se sentía totalmente partícipe. Otra voluntaria se preguntaba cómo evitar los prejuicios que surgían en ambos extremos del espectro social y que llevaban a calificar -y a marginar- al otro de flaite o lais según su apellido, el color de su pelo o el modo de hablar. Otros chicos de un conservador colegio católico de Las Condes encontraban a Dios en medio de unos suculentos porotos con riendas, compartidos en torno a la mesa de una dirigente barrial en un sector semi rural de Parral. Revelaciones, cuestionamientos e inquietudes que sacudió con fuerza el terremoto y que hoy se instalan en las mentes de miles de jóvenes, muchos de los cuales -especialmente los secundarios- por primera vez tenían contacto con la realidad de los más excluidos de hoy.
Es por eso que con estas construcciones también se levantaron nuevos desafíos. Fueron los mismos voluntarios quienes lo hicieron ver. Pues la mayoría de los proyectos que se construyeron durante estos Trabajos de Invierno no consistían en mediaguas, sino que en sedes sociales, plazas de juegos, baños, paraderos, etc. Proyectos propuestos por las mismas comunidades, pero sin los “fuegos artificiales, luces ni centellas”; sin la potente carga simbólica que tiene el colaborar a construir el hogar de una familia.
¿Cómo hacer ver que la construcción de una plaza de juegos entraña un acto de justicia que dignifica tanto como la vivienda, especialmente para una familia que nunca ha tenido la posibilidad de contar con un espacio de esparcimiento cercano? ¿Cómo conseguir, en medio de la austeridad de la construcción de un paradero, que los jóvenes perciban que los más pobres son ciudadanos como ellos, y con derechos tan básicos y obvios como contar con un techo para aguardar guarecidos bajo la constante lluvia sureña el transporte a las escuelas de los alrededores? ¿Cómo conseguir esto en medio de una generación sobre todo receptiva a descargas emotivas fulgurantes, instantáneas y de impacto fácil?
La diversidad de jóvenes con las que se trabajó también configura nuevos desafíos. El período de reconstrucción fue propicio para que estudiantes provenientes de sectores socioeconómicos menos acomodados se hicieran voluntarios por primera vez en forma tan masiva de Un Techo para Chile. Los Trabajos de Invierno no rompieron esa tónica, y, por ejemplo, fue profundamente significativo que se diera un debate sobre la calidad de la educación en Chile con jóvenes provenientes de colegios particulares, subvencionados y municipalizados, todos ellos formando parte de una misma escuela.
A casi seis meses de ocurrido el terremoto éste sigue trayéndonos réplicas. Sin embargo, muchas de ellas son réplicas positivas, que arrojan nuevos cuestionamientos sobre lo que despertó esa madrugada del 27 de febrero; nuevas inquietudes que evidencian ese enorme vigor que vive en los actuales jóvenes; una fuerza que busca cauce, que anhela sentido y que nos desafía a poner todos nuestros medios para encontrar una respuesta que esté a la altura de esos impresionantes arranques de justicia y solidaridad que mueven a esta generación.
Cristóbal Emilfork, SJ.
lunes, 23 de agosto de 2010
lunes, 16 de agosto de 2010
2010: El primer país de América Latina termina con sus asentamientos
La meta “2010 sin campamentos” ya la querría cualquier país de nuestro continente. Y más allá del día exacto, de si queda un margen estructural, o si los proyectos de vivienda se terminan de construir en un par de años más, el solo hecho de poder dimensionar el número de familias que queda viviendo en asentamientos pone a Chile en una posición única y privilegiada frente al resto del continente.
Esa condición aventajada hace que el fin de los campamentos en Chile se convierta en un objetivo regional: es un hito simbólico que revitaliza el trabajo por superar la pobreza y la exclusión, y que al mismo tiempo da esperanza a los esfuerzos de miles de actores que día a día trabajan con ese mismo fin. El mejor ejemplo de esto será el 5° Encuentro Latinoamericano de UTPMP, momento en que los equipos de los 19 países donde estamos presentes vendrán a exigir con fuerza y decisión que Chile cumpla con su meta, convencidos de que en este país están todas las condiciones para lograrlo y que no hacerlo implicaría un golpe enorme para un continente que en materia de pobreza y desigualdad no está acostumbrado a los éxitos.
Pero tampoco podemos entender esta meta como un fin en sí mismo: Chile puede ir avanzado en su apuesta por proveer viviendas definitivas a las familias de campamentos, pero en el camino por terminar con la exclusión nos queda muchísimo trabajo por hacer. Hoy debemos ser más audaces que nunca para identificar las actividades que nos permitan continuar realizando lo que tal vez ha sido, hasta ahora, el aporte más importante de nuestra institución al cambio radical en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas en nuestro país y nuestro continente: la vinculación de quienes más oportunidades hemos tenido en la vida, los jóvenes universitarios, con quienes han sido históricamente excluidos del progreso y el desarrollo, las familias de campamentos. Hoy no tenemos las mediaguas que nos permitían provocar este vínculo en forma masiva y concreta. Y eso nos obliga a recordar y hacer más visibles que nunca los fundamentos de nuestra institución, que se han ido forjando con la experiencia adquirida gracias a nuestro trabajo. Los mismos fundamentos que inspiran el trabajo del Techo en el resto del continente, aún cuando en la práctica estamos desarrollando intervenciones distintas.
La misma audacia se necesita para ser pioneros en la integración de Chile como un actor protagónico en el camino de América Latina hacia el desarrollo. A las generaciones que hoy dirigen el país les ha costado entender esta relación con el resto del continente como una condición necesaria de nuestro propio camino hacia el fin de la desigualdad y la exclusión. El Techo es hoy una institución latinoamericana, de eso no hay dudas, que requiere señales importantes del país fundador, confirmando decididamente que el fin de la extrema pobreza en América Latina sí es posible.
Claudio Castro S.
Esa condición aventajada hace que el fin de los campamentos en Chile se convierta en un objetivo regional: es un hito simbólico que revitaliza el trabajo por superar la pobreza y la exclusión, y que al mismo tiempo da esperanza a los esfuerzos de miles de actores que día a día trabajan con ese mismo fin. El mejor ejemplo de esto será el 5° Encuentro Latinoamericano de UTPMP, momento en que los equipos de los 19 países donde estamos presentes vendrán a exigir con fuerza y decisión que Chile cumpla con su meta, convencidos de que en este país están todas las condiciones para lograrlo y que no hacerlo implicaría un golpe enorme para un continente que en materia de pobreza y desigualdad no está acostumbrado a los éxitos.
Pero tampoco podemos entender esta meta como un fin en sí mismo: Chile puede ir avanzado en su apuesta por proveer viviendas definitivas a las familias de campamentos, pero en el camino por terminar con la exclusión nos queda muchísimo trabajo por hacer. Hoy debemos ser más audaces que nunca para identificar las actividades que nos permitan continuar realizando lo que tal vez ha sido, hasta ahora, el aporte más importante de nuestra institución al cambio radical en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas en nuestro país y nuestro continente: la vinculación de quienes más oportunidades hemos tenido en la vida, los jóvenes universitarios, con quienes han sido históricamente excluidos del progreso y el desarrollo, las familias de campamentos. Hoy no tenemos las mediaguas que nos permitían provocar este vínculo en forma masiva y concreta. Y eso nos obliga a recordar y hacer más visibles que nunca los fundamentos de nuestra institución, que se han ido forjando con la experiencia adquirida gracias a nuestro trabajo. Los mismos fundamentos que inspiran el trabajo del Techo en el resto del continente, aún cuando en la práctica estamos desarrollando intervenciones distintas.
La misma audacia se necesita para ser pioneros en la integración de Chile como un actor protagónico en el camino de América Latina hacia el desarrollo. A las generaciones que hoy dirigen el país les ha costado entender esta relación con el resto del continente como una condición necesaria de nuestro propio camino hacia el fin de la desigualdad y la exclusión. El Techo es hoy una institución latinoamericana, de eso no hay dudas, que requiere señales importantes del país fundador, confirmando decididamente que el fin de la extrema pobreza en América Latina sí es posible.
Claudio Castro S.
lunes, 9 de agosto de 2010
El Chile que teníamos antes del terremoto
Los resultados de la última Encuesta de Caracterización Socioeconómica (CASEN) han provocado gran alarma pública ya que nos mostraron cómo en el último tiempo, el número de pobres e indigentes aumentó. Es importante señalar que los datos entregados nos muestran una fotografía del país tomada con anterioridad al terremoto. Algunos se alarman sólo con ver estos números y otros se encuentran impacientes esperando los datos de una segunda sección de la encuesta, aplicada en las regiones afectadas por el terremoto: no es difícil prever un panorama mucho más desolador aún.
El terremoto y maremoto que azotaron a nuestro país en febrero de este año no sólo acabaron con caletas, centros históricos, caminos y viviendas, sino que removieron las bases de un país que creíamos, ya estaba desarrollado. El país que mucho tiempo creímos tener era un Chile que avanzaba rápido, siguiendo el ejemplo de los grandes. Era un Chile en el que año a año se restaban pobres y problemas. Todo mejoraba, a veces más lento de lo que esperábamos, pero mejoraba. Probablemente este optimismo de un crecimiento constante nos hizo olvidar la gravedad de algunos problemas, que marcaban la vida de muchos, y que por alguna extraña razón habían dejado de ser materia de discusión pública. En el Chile pre terremoto, muchos chilenos lo pasaban mal.
Para medir el efecto real del terremoto y maremoto en las familias, es importante realizar una lectura cuidadosa de los datos, y por tanto, cobra relevancia saber cómo vivían los chilenos antes del terremoto. Con este fin, a partir de los datos de la CASEN 2009, se han creado dos índices, que resumen la calidad y el tipo de viviendas en nuestro país.
El primero es el índice de materialidad de la vivienda, construido a partir de información respecto de los materiales predominantes en muros, techo y pisos de las viviendas, los que se clasifican de aceptable, recuperable e irrecuperable; siendo irrecuperables aquellas viviendas que presentan a lo menos una de las siguientes características: muros o techo de material de desecho (latas y/o cartones) o bien, piso de tierra.
Un segundo índice que aporta información valiosa es el índice de tipo de vivienda, que se utiliza, entre otras cosas, para el cálculo del déficit habitacional. De acuerdo a las categorías de vivienda de la CASEN, son aceptables las casas, casas en cité, casa en condominio departamento y pieza en casa antigua o conventillo e irrecuperables o no definitivas las mediaguas, mejoras, rancho, chozas, ruca, carpa, y/o vagón.
Según los datos de la CASEN 2009, para 113.153 chilenos la materialidad de su vivienda es irrecuperable y 83.478 habitan en una vivienda que puede calificarse como no definitiva. A nivel regional, podemos conocer la necesidad de vivienda en las regiones afectadas por el terremoto, antes del desastre. En la Región de O´Higgins, más de 15.000 chilenos vivían en una casa irrecuperable y más de 83000 lo hacían en viviendas de tipo no definitivo. En la Región del Maule, la situación no era mucho mejor: más de 21.900 personas ya tenían una casa de materialidad irrecuperable. En la Región del Bio Bio, la vivienda de 15.000 personas era irrecuperable incluso antes de la catástrofe .
La anterior es la realidad nacional respecto de la calidad de las viviendas en que vivía gran número de chilenos. Probablemente, en la actualidad, y con un terremoto y maremoto de por medio, la mayoría de ellos continúe viviendo de la misma forma o incluso peor. Dada la extensión y fuerza del terremoto, es de esperar que en una medición posterior, estos números se eleven, siendo casi imposible prever su magnitud.
Un Techo para Chile ha trabajado desde hace más de 10 años con las familias de campamentos. Nuestro foco han sido siempre las familias que incluso sin sufrir un terremoto, sufren diariamente con la dureza de la exclusión, la falta de oportunidades y la desesperanza. Como institución, no podemos sino alarmarnos con estos números. Es cierto que las imágenes y testimonios del terremoto son desgarradores, pero esto no puede cegarnos la vista frente a los que “siempre han vivido en emergencia”. Tal como los números de pobres e indigentes aumentaron, muy probablemente también lo haga el desempleo, la inestabilidad económica, la vulnerabilidad y los problemas en atenciones de salud. Las familias de campamentos tampoco están exentas de estos problemas.
No podemos esperar a que los medios publiquen con alarma el increíble aumento de viviendas irrecuperables, para impresionarnos y levantar la voz. Al conocer las cifras antes expuestas, nos damos cuenta que no debieran ser necesarios terremotos para volcar la vista a los problemas que viven día a día miles de chilenos. Más aún, que no podemos “echarle la culpa” al terremoto por las deudas en materia de vivienda que nuestro país ya había contraído antes de la catástrofe. Estas familias siguen esperando, y lo seguirán haciendo si no somos nosotros quienes los pongamos en el centro de la atención.
Isabel Contrucci H.
El terremoto y maremoto que azotaron a nuestro país en febrero de este año no sólo acabaron con caletas, centros históricos, caminos y viviendas, sino que removieron las bases de un país que creíamos, ya estaba desarrollado. El país que mucho tiempo creímos tener era un Chile que avanzaba rápido, siguiendo el ejemplo de los grandes. Era un Chile en el que año a año se restaban pobres y problemas. Todo mejoraba, a veces más lento de lo que esperábamos, pero mejoraba. Probablemente este optimismo de un crecimiento constante nos hizo olvidar la gravedad de algunos problemas, que marcaban la vida de muchos, y que por alguna extraña razón habían dejado de ser materia de discusión pública. En el Chile pre terremoto, muchos chilenos lo pasaban mal.
Para medir el efecto real del terremoto y maremoto en las familias, es importante realizar una lectura cuidadosa de los datos, y por tanto, cobra relevancia saber cómo vivían los chilenos antes del terremoto. Con este fin, a partir de los datos de la CASEN 2009, se han creado dos índices, que resumen la calidad y el tipo de viviendas en nuestro país.
El primero es el índice de materialidad de la vivienda, construido a partir de información respecto de los materiales predominantes en muros, techo y pisos de las viviendas, los que se clasifican de aceptable, recuperable e irrecuperable; siendo irrecuperables aquellas viviendas que presentan a lo menos una de las siguientes características: muros o techo de material de desecho (latas y/o cartones) o bien, piso de tierra.
Un segundo índice que aporta información valiosa es el índice de tipo de vivienda, que se utiliza, entre otras cosas, para el cálculo del déficit habitacional. De acuerdo a las categorías de vivienda de la CASEN, son aceptables las casas, casas en cité, casa en condominio departamento y pieza en casa antigua o conventillo e irrecuperables o no definitivas las mediaguas, mejoras, rancho, chozas, ruca, carpa, y/o vagón.
Según los datos de la CASEN 2009, para 113.153 chilenos la materialidad de su vivienda es irrecuperable y 83.478 habitan en una vivienda que puede calificarse como no definitiva. A nivel regional, podemos conocer la necesidad de vivienda en las regiones afectadas por el terremoto, antes del desastre. En la Región de O´Higgins, más de 15.000 chilenos vivían en una casa irrecuperable y más de 83000 lo hacían en viviendas de tipo no definitivo. En la Región del Maule, la situación no era mucho mejor: más de 21.900 personas ya tenían una casa de materialidad irrecuperable. En la Región del Bio Bio, la vivienda de 15.000 personas era irrecuperable incluso antes de la catástrofe .
La anterior es la realidad nacional respecto de la calidad de las viviendas en que vivía gran número de chilenos. Probablemente, en la actualidad, y con un terremoto y maremoto de por medio, la mayoría de ellos continúe viviendo de la misma forma o incluso peor. Dada la extensión y fuerza del terremoto, es de esperar que en una medición posterior, estos números se eleven, siendo casi imposible prever su magnitud.
Un Techo para Chile ha trabajado desde hace más de 10 años con las familias de campamentos. Nuestro foco han sido siempre las familias que incluso sin sufrir un terremoto, sufren diariamente con la dureza de la exclusión, la falta de oportunidades y la desesperanza. Como institución, no podemos sino alarmarnos con estos números. Es cierto que las imágenes y testimonios del terremoto son desgarradores, pero esto no puede cegarnos la vista frente a los que “siempre han vivido en emergencia”. Tal como los números de pobres e indigentes aumentaron, muy probablemente también lo haga el desempleo, la inestabilidad económica, la vulnerabilidad y los problemas en atenciones de salud. Las familias de campamentos tampoco están exentas de estos problemas.
No podemos esperar a que los medios publiquen con alarma el increíble aumento de viviendas irrecuperables, para impresionarnos y levantar la voz. Al conocer las cifras antes expuestas, nos damos cuenta que no debieran ser necesarios terremotos para volcar la vista a los problemas que viven día a día miles de chilenos. Más aún, que no podemos “echarle la culpa” al terremoto por las deudas en materia de vivienda que nuestro país ya había contraído antes de la catástrofe. Estas familias siguen esperando, y lo seguirán haciendo si no somos nosotros quienes los pongamos en el centro de la atención.
Isabel Contrucci H.
lunes, 2 de agosto de 2010
¿CARIDAD O JUSTICIA?
Los resultados de la última encuesta CASEN 2009, revelaron un aumento en los principales índices de desigualdad. Mientras en la medición de 2006, la razón entre el ingreso autónomo del 10% más rico y el 10% más pobre de la población (índice 10/10) era de 31.3 veces, en la última versión de la encuesta este índice aumentó a 46.2 veces alcanzando su nivel más alto desde 1990.
Las causas detrás de la desigualdad del ingreso son y han sido siempre motivo de discusión. Ahora bien, la magnitud sin precedentes del último aumento en los índices de desigualdad, nos obliga a buscar causas también sin precedentes, con lo que la crisis internacional de 2009 aparece como la explicación más razonable. Las crisis económicas – y esto ha sido más que estudiado – suelen golpear más fuerte a los pobres que a los ricos y aparentemente la última crisis no fue la excepción.
El aumento en los índices de desigualdad ha sido interpretado por algunos como el reflejo del fracaso del sistema de protección social impulsado por el último gobierno. La observación cuidadosa de los mismos datos que entrega la encuesta CASEN 2009 desmiente esta última interpretación. Si en lugar de mirar el ingreso autónomo de los hogares observamos el ingreso monetario total, que considera impuestos y transferencias del estado, el índice 10/10 de 2009 baja de 46,2 veces a 25,9 veces (ver gráfico). Si bien esto representa también un aumento respecto de la medición de 2006, este aumento es considerablemente menor que para el ingreso autónomo. ¿Qué quiere decir esto?. Justamente, que la red de protección social está operando y que evitó que la crisis económica resultara en un aumento mayor de la desigualdad. Más aún, la comparación entre la evolución de los índices 10/10 de ingreso autónomo e ingreso monetario, muestra que nunca antes había existido una redistribución de ingresos tan grande entre el decil más rico y el decil más pobre. Esto podría explicar al menos en parte la alta popularidad con que la ex-presidenta Bachellet dejó el gobierno.
Lo anterior no significa, sin embargo, que sólo debiéramos preocuparnos por los niveles de desigualdad del ingreso monetario y no del ingreso autónomo. Muy por el contrario. La desigualdad del ingreso autónomo no ha disminuido en los últimos 20 años y eso es grave. Conformarnos con esta realidad y descansar en que la política redistributiva la atenúe es equivalente a la postura fatalista que ve a la pobreza como algo irremediable y a la caridad como la única respuesta posible ante ella. Por el contrario, reconocer que la desigualdad del ingreso autónomo responde a estructuras sociales que desconocen la igual dignidad de todas las personas, nos obliga a trabajar por la justicia.
En el mes de agosto que comienza, conmemoramos la vida de San Alberto Hurtado, quien nos recuerda que la caridad comienza donde termina la justicia. Dejemos entonces de aplaudirnos por los avances en materia de protección social y enfrentemos con decisión las causas últimas de la desigualdad. La clave a estas alturas es conocida por todos: debemos reformar un sistema educacional que no hace más que reproducir las profundas desigualdades que, una vez más, vino a recordarnos la última encuesta CASEN.
Juan José Matta
Las causas detrás de la desigualdad del ingreso son y han sido siempre motivo de discusión. Ahora bien, la magnitud sin precedentes del último aumento en los índices de desigualdad, nos obliga a buscar causas también sin precedentes, con lo que la crisis internacional de 2009 aparece como la explicación más razonable. Las crisis económicas – y esto ha sido más que estudiado – suelen golpear más fuerte a los pobres que a los ricos y aparentemente la última crisis no fue la excepción.
El aumento en los índices de desigualdad ha sido interpretado por algunos como el reflejo del fracaso del sistema de protección social impulsado por el último gobierno. La observación cuidadosa de los mismos datos que entrega la encuesta CASEN 2009 desmiente esta última interpretación. Si en lugar de mirar el ingreso autónomo de los hogares observamos el ingreso monetario total, que considera impuestos y transferencias del estado, el índice 10/10 de 2009 baja de 46,2 veces a 25,9 veces (ver gráfico). Si bien esto representa también un aumento respecto de la medición de 2006, este aumento es considerablemente menor que para el ingreso autónomo. ¿Qué quiere decir esto?. Justamente, que la red de protección social está operando y que evitó que la crisis económica resultara en un aumento mayor de la desigualdad. Más aún, la comparación entre la evolución de los índices 10/10 de ingreso autónomo e ingreso monetario, muestra que nunca antes había existido una redistribución de ingresos tan grande entre el decil más rico y el decil más pobre. Esto podría explicar al menos en parte la alta popularidad con que la ex-presidenta Bachellet dejó el gobierno.
Lo anterior no significa, sin embargo, que sólo debiéramos preocuparnos por los niveles de desigualdad del ingreso monetario y no del ingreso autónomo. Muy por el contrario. La desigualdad del ingreso autónomo no ha disminuido en los últimos 20 años y eso es grave. Conformarnos con esta realidad y descansar en que la política redistributiva la atenúe es equivalente a la postura fatalista que ve a la pobreza como algo irremediable y a la caridad como la única respuesta posible ante ella. Por el contrario, reconocer que la desigualdad del ingreso autónomo responde a estructuras sociales que desconocen la igual dignidad de todas las personas, nos obliga a trabajar por la justicia.
En el mes de agosto que comienza, conmemoramos la vida de San Alberto Hurtado, quien nos recuerda que la caridad comienza donde termina la justicia. Dejemos entonces de aplaudirnos por los avances en materia de protección social y enfrentemos con decisión las causas últimas de la desigualdad. La clave a estas alturas es conocida por todos: debemos reformar un sistema educacional que no hace más que reproducir las profundas desigualdades que, una vez más, vino a recordarnos la última encuesta CASEN.
Juan José Matta
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