lunes, 13 de octubre de 2008

Elegir… ¿para quién?

La universidad es tiempo de elegir. No importa lo que estudiemos ni donde, todos estamos en la misma: tenemos que elegir. ¿Qué estudio? ¿Dónde? ¿Qué ramos tomo? ¿Qué especialidad elijo? ¿En que trabajo? ¿Hacia donde enfoco mi carrera? Siempre estamos eligiendo… optando… y en esas pequeñas-grandes desiciones vamos construyendo nuestra identidad, quienes somos y para donde vamos. Vamos construyendo nuestra vocación.
Todos tenemos que elegir y decidir. El punto es como lo hacemos, desde donde decidimos. Pienso que para la gran mayoría de los universitarios, el principal parámetro para decidir es optar por aquello en donde me aseguro éxito o por lo menos seguridad: reducir al mínimo los riesgos de fracaso. Los más tradicionales buscan carreras que entreguen la estabilidad económica necesaria para vivir relativamente seguros y cómodos. Otros, un poco más soñadores o ambiciosos, optan por carreras que les permitan desarrollar sus talentos al máximo, para garantizarse prestigio profesional, éxito académico y reconocimiento por parte de la sociedad. En cualquiera de los dos casos tomar una decisión se convierte en un continuo mirarse al espejo: medir las propias fuerzas y debilidades y a partir de ahí, desde nosotros mismos, elegir.
Son pocas las veces en que para tomar una decisión importante miramos a otros. No hacer lo que yo quiero sino lo que otros me piden esta bien cuando se trata de hacer un favor a un amigo o participar en algún voluntariado. Hay pequeños actos de generosidad que ya son costumbre entre los universitarios. Pero cuando se trata de elegir hacia donde voy a encaminar mi vida, esos pequeños momentos de generosidad que coleccionamos en trabajos, voluntariados y misiones se guardan en el cajón de los recuerdos.

Hacemos “tripas del corazón” y volvemos a “lo que hay que hacer”, “lo razonable”. Porque nos han enseñado que las decisiones realmente importantes no se definen mirando hacia los demás sino a sí mismo, que lo que hay que buscar es la “auto-realización” y no la forma de ser aporte para la sociedad.
Se nos ha olvidado que en realidad la pregunta por la vocación es vacía si solamente implica lo me interesa hacer a mí. La palabra vocación viene del latín vocare, que significa llamar, convocar. Y son otros muy concretos quienes nos llaman y nos ponen de frente a nuestras elecciones y opciones: al médico lo llaman los enfermos, a la madre sus hijos, al sacerdote su Dios y su pueblo. Entonces, lo que hay que hacer para responder a la pregunta de la vocación, para elegir bien, es ponerse en contacto con la realidad, con el mundo en el que estamos insertos y sus principales necesidades. Abrir los ojos hacia afuera. No quedarse solamente midiendo las propias fuerzas en pruebas, exámenes y ramos, viendo en donde “no voy a fracasar” o “me va a ir bien”. Dejemos que la realidad desordene nuestras opciones, que otros le vayan poniendo nombre a nuestra misión, le vayan dando forma concreta a nuestros sueños, ideales, inquietudes y capacidades. En tiempos de elecciones, vale la pena preguntarse no solo a quién o qué estamos eligiendo sino ¿para quienes estamos eligiendo?



Soledad Del Villar
13 de octubre de 2008

1 comentario:

Mauricio dijo...

Hola, me gustó mucho esta opinión, sobre todo la frase "que la realidad desordene nuestras opciones", se ajusta bastante a lo que ocurre cuando planeamos nuestras vidas y de pronto nos vemos haciendo algo copletamente diferente a lo que habíamos proyectado, a veces para bien, otras para mal.

Saludos :)