lunes, 4 de agosto de 2008

CANSANCIO

CANSANCIO. Eso es lo que quizá puebla el escenario de la vida cotidiana de buena parte de los chilenos y las chilenas. Dentro y fuera de la Región Metropolitana. Con la política, la economía, la sociedad que tenemos. Se deja sentir de forma esporádica en erupciones sociales de expresión, en intersticios de los bien controlados y aceitados medios de in-comunicación; en las cartas a estos mismos medios, en cientos de miles de pequeños gestos.
Cansancio con el Transantiago, por cierto.
Pero también con la educación, la vivienda, la UF que sube todos los días mientras los sueldos se mantienen iguales. Cansancio con una democracia que parece cara dura porque está acorazada para transparentar y acoger, traducir y asumir las demandas ciudadanas, una democracia cada vez más protegida contra todos nosotros. Contra todos aquellos que quisieran vivir en una ciudad mejor, menos segmentada y contaminada; contra todos aquellos que quisiéramos vivir en una sociedad más justa, más igualitaria en el trato mutuo, en lo que hace al reconocimiento de lo que aporte cada cual al todo. Contra todos aquellos que creemos que hay unas riquezas demasiado grandes y para muy pocos, y que no desbordan hacia la calle. Cansancio con unos derechos en la Constitución que se contradicen, porque aún intentan cuadrar lo imposible; poner solidaridad, poner equidad, poner justicia, poner reconocimiento en las fajas de un modelo dirigido desde la ética del mercado como suprema lex: el cálculo de utilidad, el costo-beneficio, el negocio, la ganancia, el lucro como suprema norma directriz . En todo. Cansancio con una salud que no hay salud; si es privada, los planes suben y se reajustan y cuando más uno la necesita entonces ya no funciona. Si es pública, está todavía en mal estado y mal servida.
Cansancio con una educación que atiende muy bien a menos de 10% de los educandos y deja al acaso de lo que se pueda al resto, y que a eso le llama, por cierto, ejercicio de las libertades. Cómo no. Cansancio con una televisión y algunas radios que dicen todos los días lo mismo en programación, en rostros y en noticias. Siempre las mismas noticias, siempre los mismos actores: delincuentes; algunos políticos; el tiempo; fútbol; alzas varias; morbo a raudales, alguna modelo y kilómetros de agotadoras y poco imaginativas tandas comerciales. La reiteración e idiotización como método.
Nada se explica. Nada se comprende. Todo sucede nada más, acontece, fluye al azar, siempre, por cierto, en este lado del mundo bajo la égida de la lucha del bien contra el mal. Y punto. Importa saber de qué lado está usted. El poder ya sabe de qué lado está. El mercado, también. Y, sin embargo, pasa sin hacer ruido en algunos medios un resultado de un trabajo realizado por el Instituto Social de Michigan sobre el bienestar subjetivo en algunos países. Lo que algunos llaman felicidad. De 97 países estudiados, el nuestro ocupa el lugar ¡41!
El primero, por si le interesa, estimado lector, es Dinamarca. ¿Qué será esto? ¿Resultado de que hemos dejado la senda del consabido “crecimiento” modernizador, panacea mágica de todos los males de la nación? ¿Será que somos depresivos por natura? ¿Será, a lo mejor, la raza misma? Última encuesta Adimark: se consigna en cifras un malestar generalizado en la forma en que se conducen casi todos los ítems relacionados con nuestra vida cotidiana: medio ambiente, salud, educación, economía, Transantiago….
Un desaprueba que supera 50% de los consultados. Y, sin embargo, todo se mueve al unísono machacón de cientos de miles de tarjetas de crédito, del ciudadano endeudado y, por lo mismo, enajenado de su real poder cívico-político. A la vuelta de la esquina estará por si acaso la mano firme desde el poder estatal para meter en cinta a todos aquellos que hablen muy fuerte; se organicen, se expresen o reivindiquen. Algo saben de ello los estudiantes y los mapuches (Matías Catrileo y Elena Varela, por ejemplo).
Cansancio con las desigualdades. Por cierto, a esto se le ha dado el nombre de democracia, es decir, Gobierno del pueblo por el pueblo mismo. Pero al parecer no lo sabe el mercado y su ética. ¿Hasta cuándo? No se sabe. Lo que sí sabemos es que una sociedad está enferma cuando deja de cuestionarse e interrogarse a sí misma; cuando ello sucede está más cerca de perderse que de salvarse y que cada cual entonces se salve como pueda. Hasta el cansancio.
Es la ley de la selva. Algo más que un mero programa de televisión...


Pablo Salvat B.
Director de Magíster de Ética social y Desarrollo
humano de la Universidad Alberto Hurtado
4 agosto 2008

1 comentario:

Hortensia dijo...

No sacamos nada con hacer tantas reflexiones si no vamos a actuar.
Queda claro que ¡Tenemos lo que nos merecemos!.
A la hora de elecciones, tenemos que mirar para adelante y dejar de lado los viejos esquemas basados en la derecha o la izquierda. ¿Porqué no pensamos y actuamos como País, basándonos en un Chile mejor para nuestros hijos o nietos? Si seguimos pegados en lo mismo, por favor no nos quejemos.