lunes, 19 de abril de 2010

Gabriela Hilliger responde a la pregunta: ¿Cuál consideras que es el tema de fondo en la polémica generada por los dichos del Cardenal Bertone?

El valor de pedir perdón

Mucho revuelo han causado las declaraciones del Cardenal Bertone frente a los casos de pedofilia en los que se han visto envueltos sacerdotes de la Iglesia Católica. ¿Cuál es el tema de fondo frente a esta polémica? ¿Es acaso la vinculación de la pedofilia a la homosexualidad? Ese debate parece añejo a lo que se maneja hoy en esta materia. Si bien los casos de mayor notoriedad pública tienen que ver con abusos a menores del mismo sexo, el Cardenal no pone en la mesa argumentos que permitan acreditar con certeza ni convicción que sus declaraciones no son más que dichos al voleo que intentan distraer la pregunta de fondo que podría suscitarse por los recientes abusos sexuales que se atribuyen a sacerdotes de Europa y los Estados Unidos.

La pregunta que desarrolla Carlos Peña en su columna de ayer domingo en El Mercurio, sobre si la Iglesia como institución debe o no someterse estrictamente al cumplimiento de sus deberes ante la ley civil como todos, claramente debiera tener una respuesta afirmativa, pero en mi opinión no es el tema más relevante en esta cuestión. Para mí, respuestas como la del Cardenal Bertone, dichos como los de otras autoridades de la Iglesia, tienen que ver con la dificultad que tenemos como seres humanos para reconocer falencias y errores que nuestra misma condición admite. Como católicos tenemos como símbolo una cruz, cargada por el Hijo de Dios dadas las injusticias. Él fue capaz de perdonarnos por medio del acto más radical que se puede concebir, que es dar la vida. Es la lógica de la entrega absoluta por los demás sin miras a cuanto lo merecíamos (considerando que incluso preferimos perdonar a un delincuente como Barrabás por lo incómodo que nos resultaba Jesús entre nosotros, dado que su lógica no era la batalla de las armas y la prepotencia, sino la de la humildad y "la otra mejilla").

Considerando todo lo expuesto, es extraño que la Iglesia frente a conductas imperdonables para todos los hombres, como son la pedofilia y los abusos sexuales, no quiera sino adoptar las enseñanzas de quién es el máximo referente de sus principios. El perdón es piedra angular de la fe católica, pero al parecer, no han sabido leer las autoridades que tan humano como concederlo, es el pedirlo.

En el mismo sentido, creo que es coherente estimar que si bien resulta a veces más doloroso ver que los autores de conductas tan deleznables como las citadas son líderes en la fe, cuestión que de suyo se asocia a bondad y pureza, no es tampoco justo olvidar que estamos frente a humanos como otros, que pueden caer y equivocarse. Por lo mismo, lo que esperaríamos de quienes nos guían es luz humana de comprensión y misericordia. ¿No deberíamos estar entonces acogiendo el dolor de las víctimas de los hombres errados por medio del reconocimiento del error en vez de buscar culpar a otros que sufren de exclusión y discriminación como los homosexuales? Es menester establecer que lo antes expuesto tiene un alcance más amplio que los comentarios del Cardenal Bertone, dado que muchos han aprovechado la puerta que éste abrió a partir de la pregunta sobre si el celibato tenía relación directa con la pedofilia, utilizando la falta de asertividad para desviar culpas hacia lo que no toleramos, en vez de hablar de lo realmente importante.

Hoy, como nunca, se necesita una Iglesia que se entienda a sí misma como pueblo, que se reconozca humana y libre. Que en ejercicio de esa libertad pueda equivocarse, pero con transparencia levantarse dando la cara frente a sus miembros y a los testigos de su historia. Una Iglesia en la que los errores se cubren a puertas cerradas por miedo a mostrarse débil tiene que ver con formas autoritarias características de las organizaciones políticas de antaño. Actualmente, sabemos que la democracia es la mejor forma que hemos encontrado los hombres para alcanzar el bien común. La democracia tiene que ver con abrir las puertas del Estado para que los regidos puedan fiscalizar que sus representantes ponen el bienestar de todos primero, y si no es así, tienen mecanismos para ordenar nuevamente las cosas. Se hace urgente una comprensión de eso en nuestras autoridades eclesiales, abrir las puertas para que entren todos; los incomprendidos, los perseguidos, los pobres y también los que se equivocan. Todos los que sintiéndose amados, aceptados, perdonados, dispongan sus voluntades hacia el bien, pese a que hayan estado mal.

Para terminar me gustaría compartir unas líneas escritas por Juan Gonzalo Rose (La Pregunta):

"Mi madre me decía: si matas a pedradas a los pajaritos blancos, Dios te va a castigar; si pegas a tu amigo, el de carita de asno, Dios te va a castigar.

Eres el signo de Dios, de dos palitos, y sus diez teologales mandamientos cabían en mi mano, como diez dedos más.

Hoy me dicen: si no amas la guerra, si no matas diariamente a una paloma, Dios te castigará: si no pegas al negro, si no odias al rojo, Dios te castigará; si al pobre das ideas, en vez de darle un beso, si le hablas de justicia, en vez de caridad, Dios te castigará.

No es ese nuestro Dios, ¿verdad, mamá?".

2 comentarios:

Yoyo dijo...

Comparto esta homilía de un sacerdote franciscano:
http://es.catholic.net/temacontrovertido/331/1571/articulo.php?id=45652

Cristóbal dijo...

Está muy buena tu columna Gaby. Concuerdo plenamente contigo en que en circunstancias como éstas se hace más evidente que nunca el preguntarnos, como el Padre Hurtado, ¿qué haría Cristo en mi lugar? Con ese criterio de discernimiento estoy seguro que muchos dolores nos habríamos evitado.

Cristóbal nsj