lunes 26 de enero de 2009

El deber de votar

El problema que se discutió esta semana —si el voto ha de ser voluntario o en cambio obligatorio— es indisoluble de lo que entendamos por democracia. Usted arriba a conclusiones distintas según cómo conciba a la democracia. En general hay dos versiones —o conceptos— de democracia. En una de esas versiones —podemos llamarla agregativa— la democracia es un mecanismo para sumar las preferencias de los ciudadano número será entonces la decisión de todos.Desde ese punto de vista no hay razones poderosas para obligarle a usted a que, cada cierto tiempo, formule una opinión o emita un voto. Su silencio equivale a indiferencia. Y la indiferencia no tiene nada de malo. Después de todo —podría continuar este argumento— con su apatía usted no daña a nadie, salvo a sí mismo. Pero hay otra forma de concebir la democracia. Y en este caso las conclusiones respecto del voto son distintas. En esta versión —la democracia como compañerismo— la democracia no es un simple mecanismo para sumar lo que cada uno prefiere. También es un mecanismo que nos ayuda a saber qué debemos preferir. La razón es obvia: nadie viene al mundo provisto de preferencias. Cada uno las forja en diálogo con los demás y en contacto con otros. Incluso algunos pueden corregir sus preferencias iniciales después de oír a los demás. Según este punto de vista, el sentido de la democracia no es sumar preferencias, sino construir una voluntad común mediante el diálogo y la participación de todos.
En este caso hay razones fuertes para obligarle a usted a emitir su opinión mediante el voto. Si usted disfruta de vivir en una comunidad que se autogobierna (no es poco), lo menos que puede hacer es contribuir a la formación de la voluntad común. Los demás necesitan de su opinión para sentirse iguales y disminuir las posibilidades de errar. Su silencio les daña.
¿Cuál de esas dos concepciones es la correcta? ¿La concepción de la democracia como simple agregación o suma de preferencias? ¿La concepción de la democracia como diálogo?
De un tiempo a esta parte, y por razones casi misteriosas, se ha hecho popular la primera versión de la democracia. Así como el mercado agrega preferencias (hasta erigir una curva de demanda que guiará la producción de los oferentes), así también, se dice, ocurre con el voto. Los candidatos y sus programas son bienes que se ofrecen a las personas. Cada uno decide qué programa prefiere. Las preferencias agregadas dicen quién llevará a cabo qué programa.Así las cosas no tiene nada de malo que cada uno decida si manifiesta su preferencia o no. Pero la democracia —con perdón del public choice— no es un remedo defectuoso del mercado. El acto de votar no es un acto de consumo. Y los ciudadanos son distintos a los consumidores.
La práctica del diálogo y de la participación (que están a la base de la democracia) proveen bienes que de otra manera no tendríamos: el trato igual, la admisión de todos los puntos de vista, el reconocimiento del otro, la información lo más completa posible. Nada de eso se alcanza con simples mecanismos que agregan preferencias. En cambio, todos esos bienes se logran con la mayor participación de todos. Y cuando usted no participa esos bienes resultan dañados. Así entonces hay buenas razones —derivadas de la democracia— para imponer el deber de votar. Ese deber deriva de la condición de ciudadano que cada uno de nosotros posee.Esa obligación de participar —cuyo acto más obvio es el voto— no lesiona ni disminuye la libertad. La libertad no es la condición natural del género humano. Ella se sostiene en una comunidad política participativa. Somos libres porque participamos.
Por eso decir que el voto obligatorio estropea la libertad es tan tonto como si una paloma —el ejemplo es de Kant— se quejara de que el aire le impide volar.

Carlos Peña
Domingo 25 de Enero de 2009
El Mercurio

lunes 19 de enero de 2009

Los signos de los tiempos

A riesgo de cometer alguna herejía y pasar a llevar algún documento del magisterio me arriesgo a plantear que la tradición cristiana está marcada por dos grandes misterios: la encarnación y la resurrección de Jesús. El primero hace alusión a la irrupción de Dios en medio de la historia y la forma que adoptó para ello. La segunda, a la manera en que Jesús superó el gran drama de la historia humana, la muerte. Ambos hechos analizados conjuntamente, nos llevan a pensar que Dios no sólo irrumpió en la historia del hombre una vez, sino que lo sigue haciendo, sigue adoptando formas humanas, sigue encarnándose haciéndose presente en las penas y alegrías del hombre.

¿Qué significa esta realidad para América Latina? Sin duda, el llamado a saber "escrutar los signos de los tiempos" del Concilio Vaticano II (1962-1965) desencadenó la necesidad de elaborar un discurso propio sobre la experiencia de Dios en América Latina que devino en una nueva teología: la teología de la liberación. ¿Cómo hablar de Dios (amor) en un continente con tanto sufrimiento? ¿Cuál es la buena noticia en este continente? Así, la elaboración de una reflexión propia sobre la experiencia de Dios hizo inevitable desconocer la irrupción del pobre como "el hecho mayor de la época y de la realidad latinoamericana".

"No se puede amar a los pobres si no aborrecemos la pobreza" decía Ricoeur. Genuinamente la teología de la liberación ha buscado responder a ese llamado. Así, la opción preferencial por los pobres no es un amor a la pobreza en abstracto, al contrario, exige un decidido trabajo a terminar con ella. El amor a los pobres es amor a personas con nombre y apellido. Así, en primer lugar es un llamado a conocer a quienes sufren esa condición de insignificancia. La reflexión deviene en un momento posterior. Tampoco es una invitación a idealizar a los pobres, ello sería muy riesgoso. Es sólo una respuesta radical al amor universal de Dios. Como tal, éste debe saber priorizar y así saber a quién ubicar en un lugar preferente.

La teología de la liberación ha renovado así la manera de hacer teología. Ha hecho posible iniciar concretamente la reflexión sobre Dios a partir de la experiencia. Como tal, ella no puede ser en abstracto, aislada del contexto, ajena a los problemas y alegrías del hombre. Ahí la fuerza de una teología latinoamericana. Ella nos ha conducido a comprender lo más profundo de la reflexión teológica como una hermenéutica de la esperanza. Todo el esfuerzo puesto en racionalizar algo tan irracional como la esperanza. Más fuerte aún, ha sido un esfuerzo genuino por hacer posible, frente a toda evidencia contraria, que la esperanza aún persista.

PD. Las ideas más interesantes de este artículo no son genuinamente mías. Son robadas de una de las más impresionantes disertaciones que me ha tocado oir en el último tiempo. Pertenecen a uno de los grandes pensadores latinoamericanos que sigue plenamente vigente: el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez que hace algunos días estuvo en Santiago. Sirvan estas palabras como un humilde homenaje a su notable esfuerzo por hacer posible la reflexión de Dios en nuestro continente.
Patricio Domínguez R.

lunes 12 de enero de 2009

Las construcciones de verano y el desafío al compromiso

¿Cómo hacer que las construcciones de verano se constituyan en un desafío a nuestro concepto de compromiso?
Se trata de una invitación provocadora y de mucha dificultad, que implica algo más que la disposición temporal a colaborar en la construcción de viviendas de emergencia a familias en condición de campamento.
Significa convivir con una realidad distinta, utilizando la humildad, el aprendizaje constante y la empatía como actitudes cotidianas.
Significa hacer eco de la realidad observada, absorbiéndola en reflexiones que cuestionen no la pobreza, sino íntegramente nuestros modos de vida como chilenos.
Significa cultivar la capacidad de impacto y sensibilidad, permitiéndonos ver donde hay cifras, nombres, caras y urgencias concretas.
Pero significa, ante todo, hacer de toda la experiencia anterior el comienzo de un estilo de vida distinto, donde el compromiso se traduce en una actitud diaria, capaz de hacerse disponible siempre que la pobreza, la desigualdad y la injusticia no estén en el centro de las preocupaciones de nuestra sociedad.
Desafiar nuestro concepto de compromiso significará, por lo pronto, no pensar en adecuar nuestra disposición al voluntariado a aquello que más me acomode, a aquello que calce con mis vacaciones, con mi carrera, con mi familia, con mis tiempos, sino precisamente volcar mis tiempos, mi familia y mi carrera hacia esto que conocí y que me marcó.
Desafiar nuestro concepto de compromiso significará pensar en el largo plazo, en una idea de vocación, en un sentimiento de coherencia y en una planificación de perpetuidad.
Desafiar nuestro concepto de compromiso, por último, significa llevar al límite la opción por los pobres. No sólo hoy, sino que siempre, no sólo en mis ratos libres, sino que siempre, no sólo en mi intimidad, sino que con todos quienes me rodean. No por caridad, sino primero por justicia.

Jorge Atria